lunes, 14 de noviembre de 2011

SUBIDA


Cierro los ojos y respiro profundamente. En este rincón han regado hace poco, huele a tierra mojada y a hierba recién cortada. Querría pensar en otra cosa, sin embargo la imagen que surge es la del cementerio. Aquel día olía a tierra mojada y a hierba recién cortada. Una niñita negra corre en puntillas sobre la hierba, alrededor de un arbusto mucho más alto que ella. Tiene unos dos años, va vestida con una camiseta de tirantes de color rosa oscuro y unos pantaloncitos cortos rojos. Ríe. Se enreda en las ramas del arbusto y ríe, inicia de nuevo la carrera y desaparece detrás del arbusto. No veo a quien está con ella. Pasa un helicóptero de color blanco, es como si retumbara la tierra, la magia de la vegetación se rompe. Por alguna razón, bastante lógica, esos aparatos me llevan a pensar en insectos que pican. Sucesión de secuencias como anuncios de televisión: cortarme el pelo, las fotos de la niñez en el parque, el miedo a las avispas, la serpiente que trepaba por la pared aquella tarde a la hora de la siesta, la antigua cortadora de césped, teñirme el pelo… ¿Los has sentido? Sí, pero no siempre es así, supongo que este piloto tiene un estilo de descenso propio. Siempre es así, tonta, tú es que vuelas poco. En avión sí. Me paso el día pensando en volar, tendrían que haberme crecido alas, pero en avión he viajado poco. A mí me encantan los pilotos que consiguen un saltito minúsculo al tomar tierra. ¿Un saltito? El tren de aterrizaje -por cierto, curioso nombre-, las ruedas, toca la pista, rebota y luego se desliza hasta que el avión se para. Eso me parece peligroso, un pájaro de este tamaño no debería dar saltitos como si fuera un jilguero. La elegante dama espera hasta que se cierran las puertas del ascensor llevándose a la mujer argentina y acelera sus pasos hasta detenerse ante la habitación 414. Mira hacia ambos lados del pasillo, saca de su bolso una tarjeta, la introduce en la ranura y entra en la habitación. Precavida, se acerca a la ventana, aparta unos centímetros la cortina y, al cabo de unos minutos, ve salir del hotel a la mujer argentina. Espera en la acera, minutos después llega un taxi, que ha debido pedir en recepción, sube y se va. La dama suelta la cortina y permanece en la oscuridad, sin moverse, unos minutos más, como si tuviese que pensar el siguiente paso. O quizás espera a que sus ojos se acostumbren a la penumbra. Olvidé por completo a Penélope durante unos días, no sé cuántos. La recordé nuevamente la última vez que subí a tomar café a la terraza. Ni rastro de ella, desconectar el riego automático no sirvió para que se asentara y tejiera. Habrá decidido tejer en otra terraza. Pasaban dos aviones en línea recta y perpendicular a mi posición, iban en sentido contrario. La distancia entre ambos parecía pequeña. Desde el aire, las carreteras que unen las urbanizaciones parecen hilos engarzando medallones... Noche elástica de un tiempo aterido, vierte su líquido dorado, exhala y toca el hielo agazapado. El suelo despierta.


domingo, 23 de octubre de 2011

MANTENERSE EN EL AIRE


El Imperio Romano fue tan importante como para merecerse el dicho. ¿Quién no lo dijo alguna vez? Todos los caminos llevan a Roma. No es cierto, claro. Siga la flecha, centro urbano, parking a mil metros, gire a la izquierda… Una flecha sin leyenda, ¿significa siempre una sorpresa agradable? De esto, entre otros debería rendir cuentas Cupido. Pero aunque te detengas los aviones siguen pasando. No saliste, no buscaste la flecha ni la sorpresa: esa calle de siempre vista con una emoción distinta o simplemente con emoción.

Aparte, si el inciso (la incisión en el tiempo, cuando los relojes están heridos) fue excesivo, habría que mantenerse en el aire, no subir ni bajar, permanecer en suspensión como el humo. Una tarea difícil, sigo sintiendo asombro ante esa capacidad de las aeronaves y envidia de las aves.

Cómo salvarse del naufragio que significa tener las alas rotas, las habitaciones cerradas, las llaves perdidas, los sueños oscuros…

Alguien cierra el puño. No golpea. No lo abre, como el latido. Y los días se vuelven pacientes afiebrados detrás de las trincheras. Sólo había que permitir el paso, la mirada, la voz…

A la ventana que no se asoma nadie, le cuesta el cortinaje para evitar un sol de mediodía. Hasta los pájaros han escondido sus nidos. Aún así las plazas se disfrazan de alegría protegiendo la inocencia de los niños. Lo que flota dentro de la fuente pasa desapercibido.

En este escenario, donde ya ni siquiera se riegan las macetas, Penélope desapareció con sus tejidos inútiles. En aquella habitación como caída del cielo, la imagen quedó congelada en medio del tórrido verano, a pesar de que allí comenzaba un otoño.

La razón de la sinrazón es una guerra camuflada. Yo ya me puse un espejo a la espalda y otro enfrente con el fin de comprobar que no tengo una manivela detrás. Por un momento se me ocurrió pensar en que podría haberme convertido en un juguete al que se le han agotado las pilas. Y dejé de pasear. Me senté a pensar. Después barrí y no sirvió de nada.

Los aviones siguen pasando y no voy en ninguno. Subir no, mantenerse en el aire.

O sea, no caer en picado.



martes, 23 de agosto de 2011

SUBIR MÁS





Empieza la aventura. El avión se ha situado en la pista lentamente y de pronto los motores rugen con más fuerza. Mamá, dice un niño en los asientos de atrás, esto me empuja. Una carrera aumentando la velocidad, sensación de perder pie, el avión está elevándose. Todo flota, el paisaje también se vuelve etéreo. Mientras unos sienten pavor en el aire, otros disfrutan del alivio que supone tomar distancia del suelo, subir. Estoy cansada, me siento en un banco del jardín bajo los árboles, el palacio está arriba, desde aquí no se ve. Me descalzo y saco los sándwiches que compré. Está nublado y el calor pesa más, algo denso se ha posado sobre mis hombros. En el jardín pasean visitantes. Pasa un chico joven y mira mis pies descalzos. Una mujer con una mochila colgada a la espalda, camina despacio, observa todo, incluso eso que está tapado con plástico, y parece estar en reparación, bajo un rudimentario techado. A pesar del cansancio, pasear por la ciudad me devuelve a la vida. Recorro cuatro paredes en silencio, tal vez este pesado calor y el cielo encapotado, claustro y claustrofóbico. Aquella habitación amarga. Aquel olor a medicina. Aquel tiempo detenido. Antonio de la Mata, escribe el inglés en una pequeña libreta que luego guarda en su maletín. La esposa italiana anuncia que la cena está lista. ¿Era importante?, pregunta a su marido. Trabajo, sólo trabajo, contesta el esposo. La mujer argentina sale de la habitación 414, con su melena rubia mojada, como si la persiguieran, no ve a la elegante dama que camina sigilosamente por el pasillo. En la terraza del bar, sentados en una mesa detrás de la mía, un hombre y una mujer conversan. No les veo, no me fijé en ellos al llegar. Sólo les oigo. Un tono enérgico, el de él. Un tono vacilante, como agotado, el de ella. Tengo tantas cosas que hacer. Eso no importa, date tiempo. Por eso no te llamé la semana pasada. La casa es una trampa, si entras ya no puedes salir. Me doy la vuelta y les miro con disimulo. Él, pese a su voz joven, ronda los sesenta. Ella, pese a su tono avejentado, no tiene más de treinta. Acabo mi tónica sin hielo y sin limón, justo en el momento en que se acercan dos niños pequeños, uno llorando. Mamá, Pedro me tiró el helado. Si cierras los ojos cuando el avión va a tomar tierra, sentirás en el estómago los escalones, me decía Camilo en un viaje que hicimos juntos. ¿Escalones? Sí, como si diera saltitos hacia abajo. Cierra los ojos.



sábado, 13 de agosto de 2011

SUBIR UN POCO MÁS


Un joven papá camina con su hijito, éste va detrás cargando con un paquete de galletas, han hecho la compra. Ahora nos vamos a casita a cocinar, dice el papá. ¡Yupi!, dice el pequeño, como si le hubiera dicho que irían a una fiesta. La foto tiene un tono envejecido, gris cercano al sepia, es un grupo de chicas disfrazadas. Leo el cartelito, son alumnas de un colegio de monjas, han participado en una representación teatral. Ocurre en torno al 1900, al otro lado del océano Atlántico. Demasiado serias, pienso, y comprendo que todos los retratados de esa exposición se ven demasiado serios. Creía que lo de SONRÍA era una norma de los fotógrafos de todas las épocas. Me acerco un poco más a la foto y voy registrando rostro a rostro la expresión. Algunas de las muchachas se ven firmemente serias, otras, en cambio, enmascaran cierta mueca pícara asomando a sus ojos detrás del gesto rígido en los labios. Hay fotos de varias reinas, el carnaval tampoco dibuja sonrisas, sí el relajamiento de las posturas, más atrevidas. Los aviones trazaron un mapa extravagante en el cielo. La recta trayectoria blanca esparcida por el soplo, pone penachos sobre algunas nubes. Hablan en italiano. Están sentados en el banco de al lado. Una pareja de unos sesenta años. Él examina un callejero, ella resopla el calor bajo la sombra del árbol, sosteniendo un pequeño bolso y un sombrero entre sus manos. En otro banco una joven pareja come. Han dispuesto entre ambos, sobre la piedra del banco, una botella grande de zumo de naranja y dos paquetes, sus mochilas reposan en el suelo. Están cansados y hambrientos, apenas se dirigen la palabra. En la fuente flotan dos latas de refrescos y bajo uno de los bancos hay una botella de whisky Ballantines. En la habitación 414 suena el teléfono. La mujer argentina no lo oye, está en la ducha gritando: ¡Andá a la concha de tu madre, boludo de mierda! Al hall del hotel ha entrado una mujer perfectamente vestida y peinada. El corte de pelo es impecable. Nada en su aspecto desentona, quizá la manera tensa en que porta su bolso. El inglés está en el salón de su casa, conversando en su idioma con sus dos hijos tan parecidos. La esposa atiende una llamada telefónica en el supletorio de la cocina. Reposa el auricular sobre la mesada y se acerca al salón. La llamada es para el inglés, que se ha puesto un chándal y unas deportivas. El ex detective, sale del salón y contesta la llamada en el dormitorio. Su esposa italiana le ha dicho un nombre español. En el autobús huele a tarta de cumpleaños: vainilla y una pizca de canela. La memoria olfativa viaja rápido. Casi no hay tráfico a esa hora. Es necesario soplar con energía, deben apagarse todas las velas a la primera y antes de que la cera ponga puntos sobre la leyenda de la tarta: Feliz cumpleaños, en chocolate. El posible detective inglés vuelve al salón con su chándal demasiado grande y sus deportivas. Toma asiento pensativo. Sus hijos le hablan al mismo tiempo, dicen cosas distintas, el padre no escucha, está concentrado en algo y mira la pantalla de la tele apagada, como si el reflejo de la ventana le interesara. Se ha nublado pero no lloverá. Eso me entristece. La hierba de los parques está más seca de lo apetecible, caminar descalza sobre ella duele. Una brizna tierna se ha enredado en la cabellera de otro tiempo más lluvioso. Tal vez otoño. Aunque la danza de la lluvia no especifica estación alguna. Puede ser en la parada siguiente o quizá tendría que haber bajado en la anterior. Una mentira de agua recorre las aceras vacías de una noche fría. Quien diga lo contrario miente y todo lo que diga podrá ser usado en su favor. A favor de la corriente. Sopla fuerte y rápido, no me gusta la tarta encerada. Todas. Las has apagado todas. Bieeeeeeeeeen.


domingo, 7 de agosto de 2011

UN POCO MÁS ARRIBA


Baja un peldaño, sube dos, baja otra vez, sube tres. El niño mira, la niña mide su destreza, su equilibrio, en la escalera. Cada vez que baja o sube, se sienta y calcula el siguiente movimiento, repasando el que ya ha hecho. Cuando pasa suficiente tiempo sentada en uno de los peldaños de la escalera de la plaza, el niño se sienta a su lado. El niño saca su chupete de la boca y se lo ofrece, la niña lo toma en su mano y vuelve a ponérselo en la boca. El niño ríe. La niña baja un peldaño y mira al niño. El niño sube uno más, se sienta y palmea sobre el escalón indicándole a la niña que tome asiento a su lado. Nadie atendió al rumbo de los aviones y si no los ves pasar es como si los vuelos se hubiesen cancelado. Un pajarillo da saltitos con una miga de pan en el pico, lo sigue una paloma bastante gorda. El pajarillo la esquiva, parece un regate deportivo, la paloma, parsimoniosa, lo persigue insistente. El pajarillo acelera sus saltos, la miga cae al suelo y, en un ágil movimiento, la paloma le roba la miga. Siento que es una situación injusta, el impulso de correr hacia la paloma y espantarla. Por supuesto reprimo el impulso, aunque no puedo evitar la rabia. Pensando en los viajes, busqué en el trastero la única maleta que tengo. La humedad la ha estropeado. Tiene moho en el interior y un viejo billete de metro. El billete de metro corresponde al regreso de un viaje del que no logré memoria. ¿Cuándo fue la última vez que usé la maleta? En los viajes cortos, de unos días, llevo un pequeño bolso. Camino las viejas calles como si no las hubiese visto nunca. Algunos rincones conservan la perspectiva de un lugar más reducido, un aire estético de pueblo castellano. La habitación del hotel es la de siempre, tres números y un significado, tiene que ser ésa, es la que reserva cada vez que va a Roma. Lo piensa en el ascensor, descalza, con los zapatos anudados al bolso. Camina por el largo pasillo sobre la moqueta azul. Nunca contó las puertas, son muchas. No se cruza con ningún otro huésped, ni en el ascensor ni en el pasillo. Mete la tarjeta en la ranura y abre. Deja el bolso sobre una butaca y mira las flores sobre la mesa baja junto a la ventana. Siempre hay un ramo de flores en esa habitación, y una tarjeta. Huele las flores y extrae la tarjeta del sobre. Se deja caer sobre la otra butaca, sosteniendo la tarjeta y el sobre. Pasan unos minutos en los que el cuidado y discreto maquillaje de la mujer se desmorona. Se levanta, coge el ramo de flores y lo inserta boca abajo en la papelera. El billete de metro era del año 2006, no se veía la fecha completa, la humedad, supongo, la borró. Lo recordaré, no hice tantos viajes en ese año. La juguetería, en donde me detengo cada vez que paso y donde cada vez descubro algo nuevo que llama mi atención entre las miniaturas de su escaparate, está a sólo unos metros del café en el que tomaba un exquisito capuchino con Camilo. El capuchino que tomaba yo y el americano que tomaba Camilo, los preparaba Sebas. Pero Sebas consiguió un contrato mejor en otro lugar y se marchó. Lo sustituyó otro chico, muy profesional, muy serio, muy limpio, muy joven. Pocos días después de ese asentamiento profesional, Camilo y yo nos dimos cuenta entre frase y frase, que nuestros cafés tenían un sabor extraño, como si estuviesen servidos en tazas de aluminio, dijo Camilo. Y dejamos de ir. Antes de pararme a ver el escaparate de la juguetería y de caminar sin rumbo por las calles antiguas de la ciudad, entré en un bar. No quería tomar nada, vi que había bastante gente y supuse que podría pasar al servicio sin llamar la atención. Error. El camarero se asomó, colgando medio cuerpo fuera de la barra cuando estaba en el segundo peldaño de las escaleras que bajaban a los aseos. Señorita, si va al servicio tiene que llevar la llave. Ah, vale. Subí -subir un poco más-, me dio la llave y me preguntó que iba a tomar. ¡Ja, te pillé!, seguro que pensó. Pues sí, me pillaste, listo, pensé. No sabía qué tomar, miré los letreros que anunciaban las especialidades: caracoles. En mi vida comí caracoles. ¿Te importa que te lo diga cuando vuelva del servicio? Bajé, me iba preguntando a mí misma, cómo me las ingeniaba para caer siempre, con disimulo, en los bares que cierran la puerta del aseo de señoras, porque todavía no me encontré un bar en el que cierren también la del aseo de señores. Este pensamiento me fastidió tanto que decidí elaborar una estrategia con la que salir de allí sin tomar nada. Subí la escalera sin saber cómo salir o qué tomar. Cuando le entregué la llave al listillo del camarero, insistió en saber qué tomaría. Pueees… Miré hacia el ventanal, pasaba una chica con varias bolsas de diferentes tiendas. ¡Jolín, pero si es María! ¡Perdona!, le dije al camarero. Corrí hacia la puerta gritando María. ¡María, espera!


jueves, 4 de agosto de 2011

SEGUIR SUBIENDO


Cada día una página de sobriedad. Lo digo sólo porque queda bien, todo el que piensa conoce la ardua labor agazapada detrás de la sobriedad. Subir un poco más. El avión de la noche dejó oír su sonido, la vista no pudo alcanzarle. Cortó el techado de nubes esqueléticas, apenas unas gotas que no dejaron rastro alguno y muchos destellos: esbozo de tormenta eléctrica que tampoco se sostuvo. Al llegar a Roma, la argentina siguió los movimientos y pasos del detective. Como ella, sólo llevaba equipaje de mano, no tuvieron que detenerse en la cinta y eso facilitó las cosas. El detective caminaba deprisa, la argentina taconeaba una milonga de pasitos apresurados y carreritas intermitentes. En esos momentos siempre se arrepentía de ponerse tacos altos. No bien salieron al hall, la decepción hizo mella en el esfuerzo de la argentina, dos chicos iguales gritaban papá y venían hacia ella, que iba detrás del detective. Antes de que se engancharan uno a cada brazo del detective, comprobó que los chicos no eran iguales sino muy parecidos. Más adelante, cuando el dolor en el dedo gordo de la argentina había aumentado considerablemente, el inglés besó a una señora muy morena, rellenita y atractiva, a la que los dos chicos muy parecidos llamaron mamá, dirigiéndose a ella en italiano. No subí a ver si Penélope había tejido algo, pero sospecho que el riego automático ha deshecho de nuevo su tejido. El avión de la tarde no pasó, no es un vuelo regular. Me senté en una plaza, un niño muy pequeño espantaba palomas y hablaba con el chupete en la boca. Me pareció que decía Dios, pero la madre lo tradujo y decía dos, se refería a las dos palomas que salieron volando. Me sorprendió que un niño tan pequeño supiera contar, tal vez sólo fue coincidencia. O la madre lo interpretaba a su manera, ya se sabe que la traducción no siempre es literal. Un coche negro, de cristales ahumados, recoge a la mujer argentina a la salida del aeropuerto. Un chico que está apoyado en la pared, fumando un cigarrillo, la observa mientras se introduce en el coche. El inglés de bigote que había sido detective en el vuelo Madrid-Roma, está mirando su reloj de pulsera, quizá sea detective. Volví a pensar en Penélope cuando granizó. Otro esbozo climatológico. Antes de pasear por las calles antiguas de la ciudad, entré en un bar. No quería tomar nada, vi que había bastante gente y supuse que podría pasar al servicio sin llamar la atención. Error. El camarero se asomó, colgando medio cuerpo fuera de la barra cuando estaba en el segundo peldaño de las escaleras que bajaban a los aseos. Señorita, si va al servicio tiene que llevar la llave. Ah, vale. Subí -subir un poco más-, me dio la llave y me preguntó que iba a tomar. ¡Ja, te pillé!, seguro que pensó. Pues sí, me pillaste, listo, pensé. No sabía qué tomar, miré los letreros que anunciaban las especialidades: caracoles. En mi vida comí caracoles. ¿Te importa que te lo diga cuando vuelva del servicio? Bajé, me iba preguntando a mí misma, cómo me las ingeniaba para caer siempre, con disimulo, en los bares que cierran la puerta del aseo de señoras, porque todavía no me encontré un bar en el que cierren también la del aseo de señores. Este pensamiento me fastidió tanto que decidí elaborar una estrategia con la que salir de allí sin tomar nada. Algunas de las mejores ideas salen de los servicios. En la puerta leí: María y Roque, love for ever. ¡Qué decisión y qué optimismo! Claro que con Roque a lo mejor es for ever. Pulsé el botón de la cisterna sin que se me ocurriera nada, salvo levantar la tapa y ver si el wáter tenía marca. Roca. María era una mentirosa.



lunes, 1 de agosto de 2011

MÁS ARRIBA


Tendría que decir algo más, pero corro desesperadamente detrás de una nube. Pasa cerca, la estilizada silueta brilla en el cielo despejado de la tarde y el rumor de los motores se acerca a la reja de la ventana. Retorno al viaje. Debo reconocer, porque recuerdo, que aquel año de escasos sueños, éstos fueron mejores y fueron mejores los cielos. Algunas veces la esperanza danzaba en cuatro baldosas. Cierto que requería más espacio que el chotis, sin embargo, para la esperanza, me atrevería a decir que cuatro baldosas son pocas. Todavía se leían los diarios, bastante más que los titulares, y tomé por costumbre empaquetar mis discursos con sus hojas. Aquel otoño pasó deprisa, algo atolondrado, como con un jet lag crónico. La música se hacía sitio en todos los recovecos, no había instante, disco ni emisora que no pusiera sus notas junto a la bayeta, la cacerola en el fuego o entre las páginas de los libros. Estaba más arriba y veía lo que no se veía antes, menos el pulso y las huellas de los fantasmas. Supongo que eso es lo normal, a los fantasmas no suele verlos nadie y si los ves, corres el riesgo de caer encima de algún diván o, peor aún, en un frenopático. La noche siempre tuvo fantasmas adjudicatarios de sombras. Todavía recuerdo alguno de la infancia, que en la mañana resultó ser el reflejo del tronco de un árbol. La primera tormenta del invierno dejó granizos del tamaño de las castañas. El ruido sobre los cristales llegó a ser amenazante. Al día siguiente las aceras estaban sembradas de hojas verdes. El frío inventó pasatiempos. Fue así como comenzaron a mezclarse fotos. La rueda de una bicicleta rodaba sobre la colina de un sombrero, quién se atrevería a decirle la verdad. Escribí y borré las verdaderas características de un túnel, en el que al final se veía una luz. Las velas se encendían sin prisa junto al incienso, disimulando el humo y la ceniza. Se traducían las canciones y aparecían poemas tristes. Hizo tanto frío sobre los almohadones esperando la primavera. El final de la primavera sería una feria que cruza hacia el estío, y el verano es playa, puerto, muelle… Da igual si no has nacido en la costa, el verano es eso: un horizonte marino. Más arriba las formas sinuosas y el sendero de los aviones. Figuras dispuestas al abrazo, siempre las alas abiertas sobre la ciudad. En el interior, día o noche, tantas vidas. Un hombre de unos cincuenta años va sentado junto a una mujer. Es inglés, viste chaqueta de cuadros tipo príncipe de gales (no podría ser otro estilo de cuadros), pantalón gris marengo, luce bigote y ha doblado cuidadosamente su gabardina sobre su regazo. La mujer lo mira de soslayo. Piensa que parece un detective de cualquiera de las novelas inglesas que no ha leído, nunca sería Sherlock ni Poirot. Tal vez investiga una traición amorosa, cerca de la oficina donde trabaja hay varios despachos de detectives privados que se dedican a perseguir a hombres y mujeres sospechosos de mantener relaciones extramatrimoniales. ¿Un extra añadido al matrimonio? La mujer es argentina. Larga melena rubia, vaqueros ajustados, blusa azul marino. Aparenta unos treinta años, el pasaporte dice que tiene treinta y cinco. El vuelo Madrid-Roma salió del aeropuerto con media hora de retraso. El último avión que vi, pasó esta tarde mientras se vaciaba el fregadero, iba a aterrizar, casi podría haberlo tocado, si hubiese subido a la terraza en ese momento. Subí después con un café y un cigarrillo. Sobre la ventana del baño, Penélope, ese nombre le puse, una araña no demasiado grande, preparaba el material de su próximo tejido, al parecer el riego automático había destejido el anterior. Un día, pasado el tiempo, deshice aquellos paquetitos de discurso, hilachas de otro… Entretenimiento.